Los terribles dos años: claves para entenderlos y para superarlos

La etapa de los dos años, o terribles dos años como se denominan popularmente, suele suponer un punto de inflexión en la forma de ser de un niño. Cuando parecía que tenías todo controlado y que entendías a tu hijo…. ¡boom! Empiezan las rabietas, los cambios de humor y los problemas para irse a dormir (“mamá, tengo sed” “mamá, quiero ir al baño” “mamá, no me puedo dormir”). Esta etapa puede ir desde los 18 meses hasta los 4 años aproximadamente, y puede traer de cabeza a muchos padres que no saben cómo actuar y que tienden a pensar que quizá su hijo se comporta así por algo que ellos están haciendo mal. Por eso, hoy quiero explicarte qué les ocurre a los niños a partir de los 2 años y cómo puedes acompañarles de la forma más adecuada.

¿Qué le pasa?

Lo primero de todo, tienes que entender que esta etapa es igual de difícil para tu hijo que para ti. Está forjando su personalidad y está descubriendo sus capacidades, y esto requiere en ciertas ocasiones confrontar el mundo y mostrar que aunque sea pequeño en altura también tiene su propia opinión. Por eso cada vez quiere hacer más cosas por sí mismo (“yo solito, yo solito”) y la palabra que más repite durante el día es «no». Además, un niño de dos años ya tiene cierta autonomía a nivel físico y es capaz de comunicarse. Esto hace que pueda empezar a satisfacer por sí mismo esa curiosidad innata que tiene por aprender y explorar el mundo. Habrás podido ver por tí mismo que en muchas ocasiones tu hijo acaba lanzándose en plancha a descubrir nuevas experiencias. Te interesará saber que esto le ocurre porque, por un lado, aún no es capaz de controlar sus impulsos y por otro, porque vive en el presente y aún no entiende que en otro momento puede tener la oportunidad de probar dicha experiencia. Así que, está bien que le digas que volvéis al día siguiente o el martes por la tarde, pero el tiempo es un concepto aún muy abstracto para su cerebro aún en desarrollo. También ocurre que un niño de estas edades os considera a sus padres como superhéroes: saben de todo y pueden hacer de todo, y puede que asocien esto al hecho de que sus padres anden y hablen. Como ellos ya son capaces de moverse sin problemas, de hacer cada vez más cosas y de comunicar sus deseos, piensan que entonces ya pueden ser como sus padres. Pero claro… ¡tienen 2 años! La realidad es que aún no tienen la capacidad de hacer de todo, y esto les produce frustración. Añadido a esto, en esta época (entre los 2 y los 4 años) puede llegar un hermano. Esto supone un fuerte cambio en su día a día y en la relación familiar: sus padres ya no están solo para él, hay una persona más que necesita muchos cuidados y tu hijo pasa a ser el hermano mayor. Esto hace que en muchas ocasiones aumenten las rabietas y se produzcan regresiones a nivel de sueño o a nivel físico (por ejemplo, pueden volver a hacerse pis encima).

¿Cómo puedes ayudarle?

  • Evita castigarle y gritarle porque solo conseguirás que se sienta mal consigo mismo y que empeore vuestra relación. Porque ponte en situación. Imagínate que te cambias de empresa y que te vas enterando de las reglas que hay a base de gritos de tu jefe y de castigos “sin hora de la comida” o “sin sueldo”. ¿Cómo te sentirías? Seguro que no te resultaría agradable trabajar allí. Pues bien, para un niño tampoco lo es vivir en una casa donde se educa desde el autoritarismo. ¿Y qué pasa cuando esto ocurre? Que va a estar más irritable y a tener más rabietas.
  • Pon reglas y límites adaptadas al desarrollo y a las necesidades de todos los miembros de la familia. Es importante saber qué es normal en cada etapa educativa para así evitar poner reglas que están en contra de su naturaleza y que no va a ser capaz de cumplir.
  • Muestra que todos (adultos y niños) tenemos reglas. Por ejemplo, igual no entiende por qué se tiene que ir a dormir a las 9 de la noche cuando tu te quedas despierta y no te vas a dormir en ese momento. Puedes explicarle, por ejemplo, que a su edad necesita dormir 10 u 11 horas para estar descansado y poder levantarse para ir a la guardería o al colegio al día siguiente a jugar, mientras que tu solo necesitas 7 u 8 horas, pero que al final te tienes que ir a acostar también para poder levantarse descansada al día siguiente.
  • Dale explicaciones. Tan importante es poner límites y reglas como explicar los motivos por lo que son necesarias.
  • Dale coherencia. Por ejemplo, si no se puede pasar a casa con los zapatos del parque porque están llenos de arena, se debe intentar respetar esto siempre, tanto él como tu (al fin y al cabo, también has estado en el parque). Si no hay coherencia, es decir, si un día se puede pasar con esos zapatos y otro día no, o si tu puedes pasar y él no, no lo entiende y puede que empiece a hacer “pruebas” para ver qué pasa si lo hace, y para entender cual es la regla en realidad.
  • Déjale que tome sus propias decisiones cuando sea posible. Esto incluirá en ciertas ocasiones dejarle elegir por sí mismo, en otras proponerle dos o tres opciones y en otras adaptar o cambiar las normas porque han dejado de ser válidas o porque también tiene sentido hacer lo que tu hijo propone.
  • Háblale de sus emociones y de tus emociones. Un niño a estas edades siente una emoción y no sabe qué le pasa, solo sabe que se siente mal pero no sabe por qué. Trata de poner palabras a cómo se siente y también de explicarle que tú también sientes ese tipo de emociones en ciertos momentos.
  • Acompáñale en las rabietas. Aunque a veces las rabietas pongan a prueba tu paciencia, forman parte del desarrollo emocional normal de tu hijo. Durante una rabieta un niño expresa lo que siente y no tiene intención de retar, manipular o poner al límite a sus padres. Por eso, en vez de enfadarte o irte hasta que se le pase, debes quedarte a su lado y tratar de entender qué le ha llevado a ese punto. Sé que cuesta, pero te aseguro que con toda la información que te proporciono en el taller de rabietas puedes gestionarlas de forma respetuosa tanto para ti como para tu hijo.
Espero que estos consejos te sirvan. Ahora es tu turno, si tus hijos están en esta etapa o ya han pasado por ella, ¿cómo la viviste o la estás viviendo?
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Que tus hijos desarrollen su potencial es cuestión de información y constancia.

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