Los peligros del pensamiento grupal

¿Alguna vez has hecho algo porque pensabas que es lo que quería la otra persona y luego has descubierto que la otra persona también lo hizo porque pensaba es lo que tú querías? ¡Eso se llama pensamiento grupal!

Para situaciones cotidianas puede parecer inofensivo e incluso gracioso cuando descubres que en el fondo nadie quería ver esa película en el cine o ese sabor de pizza por ejemplo; pero también puede hacer que alguien diga o haga algo que sabe que no es lo correcto solo por el hecho de que es lo que piensa la mayoría.

¿Por qué ocurre? Por no comunicar de forma clara nuestras necesidades, por falta de seguridad en uno mismo y por falta de herramientas de gestión emocional.

A continuación te doy dos ejemplos de situaciones y consecuencias del pensamiento grupal.

Dar respuestas incorrectas

En 1951, el psicólogo Asch reunió a estudiantes universitarios y les dijo que estaba estudiando la percepción visual. Todos los estudiantes excepto uno eran «infiltrados», es decir, que conocían el objetivo del experimento y el propio Asch les había dado instrucciones para que diesen respuestas incorrectas la mayor parte del tiempo. El verdadero sujeto de estudio (la única persona que no estaba infiltrada) tenía que responder a todas las preguntas después de haber escuchado la mayoría de las respuestas que daban el resto de estudiantes.

Asch mostró a los estudiantes una cartulina con una raya. Luego sostuvo en alto otra tarjeta con tres rayas de diferente tamaño y les preguntó cuál de ellas tenía la misma longitud que la línea de la otra tarjeta. Una de ellas era obviamente igual, pero Asch había dado instrucciones a los estudiantes infiltrados para que dijeran que la equivalente era una de las otras rayas. Cuando le tocó responder al sujeto de estudio, en la mayoría de los casos respondía lo mismo que el resto de estudiantes, a pesar de que era obvio que esa respuesta era incorrecta.

Cuando más tarde se les preguntaba, la mayoría de los sujetos decían que sabían que estaban dando respuestas incorrectas pero que lo hacían porque no querían destacar.

Hacer algo que no quieres hacer

La historia de la paradoja de Abilene cuenta lo siguiente:

Una calurosa tarde de verano en Coleman, Texas, una familia se encuentra a gusto jugando al dominó en el porche hasta que el suegro propone que vayan hasta Abilene, a 85 kilómetros al norte, a cenar. La mujer dice: «Me parece una buena idea». El marido, a pesar de sus reservas porque el viaje en coche es largo y hace calor, cree que sus preferencias están en desacuerdo con las del grupo y dice: «Me parece bien. Solo espero que tu madre quiera ir». Entonces la suegra dice: «Claro que quiero ir. Hace mucho tiempo que no voy a Abilene». El viaje en coche es sofocante, largo y hay polvo por todas partes. Al llegar al restaurante, la comida es igual de mala. 

Cuatro horas después regresan a casa agotados. Uno de ellos dice sin ninguna sinceridad: «Ha sido un viaje estupendo, ¿no os parece?». La suegra afirma que en realidad ella habría preferido quedarse en casa, pero que estuvo de acuerdo en ir porque los otros tres habían mostrado mucho entusiasmo. El marido dice: «Yo no quería ir. Solo fui por complaceros». La mujer dice: «Pues yo fui para que estuvierais contentos. Estaría loca si quisiera salir con este calor». El suegro dice que lo propuso porque creía que los demás estaban aburridos.

El grupo, desconcertado por haber decidido todos juntos hacer algo que ninguno de ellos quería hacer, vuelve a sentarse. Todos hubieran preferido quedarse sentados cómodamente, pero no lo confesaron cuando todavía tenían tiempo de disfrutar de la tarde.

Reflexión

Estos dos ejemplos, aunque por su naturaleza son inofensivos, muestran las consecuencias del pensamiento grupal. Al final, en ambos, las personas acceden a hacer o decir algo que no querían por seguir al grupo, o lo que es aún peor, por seguir lo que pensaban que quería grupo.

La consecuencia en el primer ejemplo fue que la persona no dio respuestas correctas y, en el segundo ejemplo, que nadie quedó contento. Permitir que las decisiones que tomemos sobre nuestro futuro dependan del pensamiento grupal puede acabar en un resultado igual de desagradable y de mayores consecuencias.

Por eso, la comunicación siempre debe ser clara y específica para no dar lugar a malos entendidos, debemos ser capaces de reconocer que nuestras ideas y necesidades son tan válidas como las de los demás; y debemos ser conscientes de que la realidad no es única sino que es una interpretación, y esta interpretación puede dar lugar a malos entendidos.

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